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15.5.23

La Salve Regina, tercera parte. Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve



La Virgen es nuestra vida, porque como dice San Alberto Magno, Ella ha sido después de Dios, con Dios y por Dios, la causa eficiente de nuestra regeneración, porque ha engendrado a nuestro Regenerador y porque por sus virtudes mereció este honor incomparable.

¿Cómo la Virgen es nuestra vida? Como no existiría la lluvia benéfica que fecunda la tierra, sin la nube que la condensa en su seno y la esparce suavemente; ni los sabrosos frutos que nos alimentan sin el árbol que los produce; ni las frescas aguas del arroyo que fertilizan la pradera y apagan la sed de los fatigados viajeros, sin el manantial donde toman su origen; así también, no hubiéramos sido regenerados en la vida sobrenatural de la gracia, por medio de la Redención primero, y de los Sacramentos después, si no existiera la Santísima Virgen o no hubiera dado su consentimiento al ángel, cuando al anunciarle éste el Misterio de la Encarnación, dándole a conocer el modo maravilloso como se verificaría, dijo: “Hágase en mí según tu palabra”.

Cierto que Dios hubiera podido elegir o predestinar a otra criatura para la Encarnación del Verbo, pero una vez elegida o predestinada la Virgen María, Ella es la nube fecundísima que nos llovió al Justo; la tierra privilegiada que germinó al Salvador; la fuente donde toma su origen, en el tiempo, el río caudaloso de la gracia; el árbol que produjo el fruto divino de la Redención, que es Cristo nuestro Señor, quien dijo de sí mismo que era la Vida: Ego sum Vita.

Dios, autor de la vida de todos los seres, se dignó engrandecer al hombre con la vida racional, perfeccionada con la divina gracia, que consistía en el conocimiento, en el amor y en la comunicación con Él mismo, como preparación para hacerle luego participante de su eterna gloria. Mas el hombre que había de recibir aquella dicha suprema a título de mérito, haciendo uso de la hermosa prerrogativa de su libertad, fue insensato y desagradecido, deso-bedeciendo el precepto del Supremo Hacedor, que de la nada le había engrandecido con la dignidad de Rey de todos los seres del mundo visible, con lo que destruyó la perfección de aquella vida en sus primeros albores.

En su desgracia experimentó, sin embargo, el efecto de la divina misericordia, la que no obtuvieron los ángeles rebeldes, sin duda por las circunstancias especiales que concurrieron en su prevaricación, cuyas fatales consecuencias no habían de transmitir a sus descendientes como aquellos, y pudo consolarse con la promesa de un Dios-Hombre, cuya acción divina haría resurgir aquella vida, uniendo al hombre con Dios, separado de El por el inmenso abismo del pecado.

La promesa se cumplió por Jesucristo, Dios-Hombre, realizando la unión de aquellos dos extremos en que consistía la verdadera vida. Pero como Jesucristo vino al mundo por María, ésta es, no la vida, pero sí el medio por el cual nos vino la vida, el medio por el cual nos pusimos en comunicación con Dios, que es la fuente de la vida.

Jesucristo nos resucitó a aquella vida sobrenatural de la gracia perdida por la prevaricación de nuestros primeros padres, recobrándola todos por medio de los Santos Sacramentos, que son como sus naturales conductos. Mas ¡ay!, ¡cuántas veces volvemos a perderla de nuevo, abusando de sus infinitas bondades! Necesitábamos, pues, un medio atrayente y eficaz que excitase en nosotros el arrepentimiento por tales ingratitudes, que nos condujese seguramente a Dios cuando nos extraviásemos, que nos ayudase a ser fieles a nuestros compromisos más trascendentales y sagrados, a conseguir el gran don de la perseverancia en aquella vida sobrenatural tan preciosa, cuya pérdida constituye la más horrible de nuestras desgracias.

La Virgen, en conclusión, es nuestra vida, por que como dice el sabio Alberto Magno, ella ha sido después de Dios, con Dios y por Dios, la causa eficiente de nuestra regeneración, porque ha engendrado a nuestro Regenerador y porque, por sus virtudes, mereció este honor incomparable; la causa material, porque el Espíritu Santo mediante su asentimiento ha tomado de su sangre purísima la carne con que formó el cuerpo inmolado por la redención del mundo; la causa final, porque la gran obra de la Redención ordenada principalmente a la gloria de Dios, debe ordenarse en segundo lugar al honor de la Virgen; la causa formal porque la luz de su vida deiforme nos muestra la senda para salir de las tinieblas, y la dirección para alcanzar la visión de luz eterna 1.


1. Albert. Mag. Opera Quaest. 146 t. XX. – Super misus est.

(Cfr. P. Manuel Vidal Rodríguez, La Salve Explicada, Tipografía de “El Eco Franciscano”, Santiago de Compostela, 1923)


✒ Tesoros de la Fé. Tercera parte de la Salve Regina Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. Revista Cruzada. Año III N°16 Buenos Aires, agosto de 2005.

Imagen: Abdón Castañeda, "Virgen con ángeles músicos" (ca. 1610-20). Museo de Bellas Artes, Valencia, España.


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