En la edición anterior de Cruzada, iniciamos la serie sobre la Salve Regina. A continuación, transcribimos comentarios de un reconocido autor respecto de las primeras salutaciones de esa sublime oración
Dios te salve Reina y Madre de misericordia – La palabra Salve, del mismo modo que su análoga Ave, es una forma de salutación enfática que expresa en general los sentimientos de respeto o de veneración, de gratitud, amistad o benevolencia. (...)
De un modo especial la palabra Salve expresa, ora un ferviente deseo de que Dios guarde o proteja a la persona a quien se saluda, ora el contento que su felicidad nos proporciona.
En el primero de estos sentidos no podía en manera alguna aplicársele a la Virgen, puesto que se halla en el cielo disfrutando la felicidad más extraordinaria que puede imaginarse; pero puedo dirigírsele com toda propiedad en el último sentido, como homenaje a sus excelsasvirtudes y prerrogativas, como felicitación por la inmensa dicha de que goza y sus incomparables grandezas.
En este sentido la saludó el Angel al anunciarle el sublime Misterio de la Encarnación del Verbo (...).
La Virgen es Reina por su dignidad incomparable de Madre de Jesucristo, Rey inmortal de las almas que conquistó en campo abierto, dando por ellas su preciosa vida; Rey inmortal de los siglos que se suceden rindiéndole pleitesía ante su Cruz y sus Altares, en todas las lenguas de la tierra, no solo en el orden religioso sino también en la ciencia, en el arte y en las letras, en las instituciones sociales, en las leyes y en las costumbres.
Teniendo Jesucristo el Principado absoluto y universal sobre todas las criaturas, (pues su Eterno Padre “le colocó a su diestra poniéndole sobre todo principado y potestad, y virtud, y dominación, y sobre todo nombre por celebrado que sea no solo en este siglo sino en el futuro, y todas las cosas debajo de sus pies”, como nos dice San Pablo) y habiendo sido asociada la Santísima Virgen a la empresa divina de la Redención y al triunfo de su Hijo, es natural que participe de sus prerrogativas como Madre del “Rey de la Gloria”.
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Después del augusto nombre de Dios, no hay palabra que resuene tan gratamente en el corazón humano, como el dulce nombre de madre. Los suaves ecos de esta palabra incomparable conmueven de tal manera el alma, que no hay edad, condición, ni raza, ni estado de cultura, que permita al hombre sustraerse a su tierna y poderosa influencia. (...)
Pues bien, si todos los fieles formamos com Cristo un solo cuerpo místico, una sola persona moral, de la que Él es la cabeza y nosotros los miembros, y la Santísima Virgen es Madre de Cristo no solo en cuanto Dios Hombre, sino en cuanto Salvador, como así le anunció el Ángel y ella le dió su correspondiente asentimiento, se desprende que es Madre de todos aquellos que formamos parte integral de aquel cuerpo cuya cabeza es Cristo. (...)
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Reina de Misericordia ¿por qué?
Porque la clemencia es una virtud especialísima de los Reyes, de tal suerte que cuando se consagraban se les ungía la cabeza con aceite de oliva, símbolo de la piedad y de la misericordia, para darles a entender los sentimientos que debían palpitar ante todo en sus reales pechos - como observa San Alfonso de Ligorio.
Porque consistiendo el reinado de Dios en la justicia y en la misericordia, parece haberse reservado para Él la justicia, confiando a la Reina del cielo la jurisdicción de la misericordia - como sienten Juan Gersón, gran Canciller de la Sorbona, Santo Tomás de Aquino y el Doctor Seráfico San Buenaventura.
Porque la Virgen fue predestinada para Madre del Creador para que salvase por su compasión a los que no podía salvar la justicia de su Hijo; y es tanto más poderosa cuanto es más misericordiosa –al decir de San Juan Crisóstomo y de San Pedro Damiano.
(Cfr. P. Manuel Vidal Rodríguez, La Salve Explicada, Tipografía de “El Eco Franciscano”, Santiago de Compostela, 1923)
✒ Tesoros de la Fé. Segunda parte de la Salve Regina. Revista Cruzada. Año III N°15 Buenos Aires, junio de 2005.
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