Atendiendo pedidos de nuestros lectores, iniciamos la publicación de una serie de comentarios de un reconocido autor sobre la sublime oración Salve Regina (1)
Después del Padre Nuestro y del Ave María, no hay oración tan profunda, hermosa y simple como la Salve Regina, que desde los primeros momentos de su aparición, a fines del siglo X, fue recibida por la Iglesia y adoptada por la Cristiandad, y se reza todos los días en todos los hogares y templos, desde los más suntuosos a los más humildes.
Nada hay de extraño que así sea, pues esta preciosa oración reúne las condiciones de toda oración para ser perfecta, según la doctrina del Ángel de las Escuelas (Santo Tomás de Aquino): levantar el alma a Dios para pedir una gracia que esté ordenada ala vida eterna (cfr. Suma Teológica, Iia Iiae, q. 83, a. 17).
Por medio de ella, siempre que nos sentimos angustiados por las pruebas y amarguras de la vida, recurrimos al trono celestial de la Virgen, tesoro inagotable de protección y de consuelo, a quien saludamos primero como Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, lo cual resume todos los motivos que tenemos para acudir a Ella con filial e ilimitada confianza; exponiéndole después nuestra triste condición de desterrados en este valle de lágrimas, a través del cual caminamos dolorosamente, como Ella caminó un día; pidiéndole, por último, que nos proteja con la dulcísima mirada de sus ojos misericordiosos, y en el final de nuestra peregrinación nos muestre a Jesús, que es la resurrección y la vida eterna. [...]
Tantas son las bellezas de esta oración, tan profundos sus pensamientos, tan felices sus expresiones, que los historiadores de la Edad Media, más artistas que críticos, tales como Juan Eremita y Alberico de Trois Fontaines (a quienes más tarde seguiría el gran canonista Alpizcueta y la Venerable María de Agreda) creían que su origen era angélico. [...]
Varias naciones reivindicaron su paternidad, presentando a sus hijos más insignes como autores de la gran oración mariana.
Sin embargo, revisados por la crítica los títulos presentados, fueron descartándose muchos de ellos. En el presente momento no hay sino tres escritores que pueden aspirar a la honra de haber compuesto la Salve Regina: el alemán Hermann Contractus, el francés Aymar de Puy y el español San Pedro de Mezonzo. (2)
Madre tierna y poderosa Princesa
La Santísima Virgen defiende y protege a sus hijos contra sus enemigos. María, Madre tierna, los oculta bajo las alas de su protección como una gallina a sus polluelos. Ella les habla, se abaja hasta ellos, condesciende con todas sus debilidades, para librarlos del gavilán y del buitre; se coloca a su alrededor y los acompaña como un escuadrón formado en batalla. El que está rodeado de un escuadrón, de cinco mil hombres ¿temerá acaso a sus enemigos? Pues un fiel servidor de María, rodeado de su protección y de su poder imperial, tiene menos aún por qué temer. Esta bondadosa Madre y poderosa Princesa de los cielos enviaría batallones de millones de ángeles para socorrer a uno de sus servidores, antes que se pudiera jamás decir que un fiel servidor suyo, que en Ella había confiado, sucumbiera ante la malicia, el número y la fuerza de sus enemigos. (San Luis Ma. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a María Santísima, BAC, Madrid, 1954, it. 210)
Texto de la Salve Regina | |
Salve Regina, Mater misericórdiæ, vita, dulcédo et spes nostra, salve. Ad te clamámus, éxsules, filii Hevæ. Ad te suspirámus, geméntes et flentes in hac lacrimárum valle. Eia ergo, advocáta nostra, illos tuos misericórdes óculos ad nos convérte. Et Jesum, benedictum fructum ventris tuis, nobis, post hoc exsilium osténde. O clemens! O pia! O dulcis Virgo Maria! Ora pro nobis, Sancta Dei Génitrix. Ut digni efficiámur promissiónibus Christi. | Dios te salve, Reina y Madre, de misericordia, vida dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María! Ruega por nosotros Santa Madre de Dios Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo. |
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