En nuestra edición anterior transcribimos los comentarios referentes a la invocación: Vida dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. En este número hacemos lo propio con las tres siguientes.
Sin los profundos trastornos que en el mundo moral y la naturaleza entera se produjeron a consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, las virtudes que produce la dicha hubiesen florecido en el corazón humano, y una perpetua primavera hubiese reinado en la tierra convertida en mansión de alegría, de paz y de felicidad.
Pero consumada aquella funestísima desobediencia, del corazón del hombre nacido para amar se desbordarían con harta frecuencia las pasiones más insanas y funestas, antagonismos de razas, pueblos y nacionalidades, odios de partidos, luchas y rivalidades de clases, contiendas fraticidas entre hijos de un mismo hogar o de una misma Patria.
¿Quién podrá enumerar las inquietudes, sufrimientos y angustias que asaltan de continuo los caminos de nuestro triste vivir?
¿Quien tiene tan ordenada la felicidad presente que no viva descontento en su estado? Congojosa condición tienen los bienes mundanos que nunca vienen juntos ni perpetuamente duran.
Mas ¿por qué el sabio autor de la Salve para disponer favorablemente el corazón maternal de la Virgen a la gran súplica que va a presentarle, le dirige aquellas significativas y conmovedoras palabras?
A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva
Esas palabras encierran un soberano acierto, una fuerza persuasiva y un tan precioso cuanto elocuente alegato.
Recordemos que la Santísima Virgen, carne de nuestra carne, hueso de nuestros huesos, hija de Eva como nosotros, pasó por las tristezas, pruebas, dolores y amarguras más grandes que pueden experimentarse en este destierro.
A Ti que eres como nosotros, hija de aquella Eva que nos arrastró en su caída, labró nuestra desventura, sembró el mundo de abrojos y espinas, y nos dio por patrimonio el dolor y la muerte; a Ti que eres la segunda Eva suscitada por Dios para traernos al pie de un árbol bendito el divino remedio de los infinitos males que al pie de un árbol de maldiciones nos trajo la primera; a Ti que has pasado por las tristezas de este mismo destierro, experimentando todas sus privaciones, penalidades y amarguras; a Ti que eres nuestra vida, dulzura y esperanza.
A Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas
El autor de la Salve hace resaltar después la condición de nuestro destierro llamándole Valle de Lágrimas.
¿Quién podrá explicar las innumerables adversidades y sufrimientos que nos arrancan copiosas lágrimas, unas visibles que corren desde afuera hacia adentro y son todavía más amargas?
¿Quién podrá decir las infinitas dolencias que laceran el cuerpo, las penas que torturan el alma, las inquietudes que agitan el espíritu, los inesperados quebrantos de fortuna que se burlan de todas las previsiones y seguros, las pérdidas dolorosísimas de los seres más queridos, las epidemias, guerras y revoluciones que se alimentan de millones de víctimas, las calamidades públicas e individuales que van tejiendo la inmensa tela de la vida humana?.
Grande es el poder de las lágrimas, con las cuales hasta las propias rocas se ablandan.
Por eso el autor de la Salve trata de disponer favorablemente el corazón de la Reina y Madre de Misericordia, antes de presentar la gran petición que se propone hacerle, recordándole la infelicísima condición de nuestro destierro, entristecido de continuo por nuestros gemidos y regado por nuestras lágrimas:
Por eso le dice: A Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.
Ea pues Señora Abogada nuestra
Antes de dirigirle a la Santísima Virgen la súplica que esperábamos, el autor de la Salve por así decir retrocede e invoca a María con un nuevo título diciéndole: Ea pues Señora Abogada nuestra.
Suprema invocación que envuelve nada menos que las dos funciones más augustas que la Virgen desempeña en el cielo respecto a nosotros: las de Intercesora y Mediadora, contenidas en el título de Abogada.
(Trechos extraídos del libro del P. Dr. Manuel Vidal Rodríguez, La Salve Explicada, Tipografía de “El Eco Franciscano”, Santiago de Compostela, 1923).
✒ Tesoros de la Fé. Salve Regina, cuarta parte. A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva. Revista Cruzada. Año III N°17 Buenos Aires, octubre de 2005.
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