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29.5.23

La Salve Regina, quinta parte. Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos...

He aquí todo lo que desea obtener de María el muy piadoso, santo, poeta y alma verdaderamente enardecida en el amor de la Virgen que compuso la Salve: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.

Ojos de Madre
Los ojos se toman como la expresión más elocuente de la inteligencia y del amor. El ojo es el símbolo de la Divina Providencia, que todo lo ve. El Divino Maestro enseña que los ojos son la antorcha del cuerpo y una sola mirada de los suyos dirigida a Pedro la noche de su prisión, bastó para convertir los del perjuro en fuentes de lágrimas por su pecado.

Al decir esos tus ojos, el autor de la Salve comunica a dicho pensamiento una energía o fuerza especial de intención y significado. Recordemos que la Virgen es nuestra Madre y comenzaremos a ver la profundidad y la elocuencia de esta enfática locución, porque ¿quien desconoce la dulzura que comunica la fortaleza y la confianza que inspira la mirada de una madre? ¿Quién no ha experimentado todo el amor, toda la bondad, toda la ternura que atesora? En esto, sin duda, pensaba aquel ferviente devoto de la Virgen cuando le pedía, como primer término de su gran súplica, una mirada de sus ojos, ¡de sus ojos de Madre!

¿Y que diremos de la extraordinaria penetración de la mirada de una madre? No hay encubierta tristeza, ni disimulada preocupación, ni deseo insignificante, ni leve malestar, ni pequeño dolor, que ella no descubra rápidamente. Un célebre orador ha dicho que “ningún microscopio ve lo infinitamente pequeño, como ve una madre las menores necesidades en el alma y en el cuerpo de su hijo”.

Felices aquellos a quienes Ella mira con misericordia
No hay para nosotros, los desdichados hijos de Eva, que gemimos y lloramos en este valle de lágrimas, otros ojos como los de la Virgen Madre de Jesucristo, tan bellos, dulces, delicados y compasivos, pues tienen el maravilloso privilegio de curar o aliviar nuestros dolores con solo mirarlos.
Felices aquellos a quienes Ella mira con sus preciosos ojos, pues la dulce claridad de su mirada ilumina el espíritu creyente con suaves resplandores, preserva el corazón de las pasiones insanas y conforta el espíritu abatido y entristecido por los sufrimientos de la vida, elevándolo a alturas donde no se respira el ambiente de las miserias humanas.

Muéstranos a Jesús...
El autor de la Salve tiende después las alas de la Fe y se remonta a las alturas celestiales, donde se encuentra la suprema felicidad para la que hemos sido creados y por la cual suspira nuestro corazón
Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. He aquí la gracia principal que se pide en esta plegaria, gracia que ni la Virgen puede obtenernos otra más preciosa, ni nosotros pedirle otra más grande, elevada, santa y extraordinaria.

Ver y poseer a Jesucristo, nuestro adorable Redentor, al término de nuestra peregrinación por este valle de lágrimas, es la verdadera dicha para la cual hemos sido creados y redimidos, y a cuya consecución deben dirigirse todos nuestros esfuerzos y anhelos, firmemente persuadidos que si la logramos todo lo habremos ganado, y si por desdicha no la conseguimos, todo lo habremos perdido, aunque hubiésemos disfrutado todas las prosperidades en esta vida efímera.

Esta es la vida eterna, último fin del hombre, a la cual fue enteramente dirigido y ordenado el plan divino de la Redención, de la vida, la doctrina y los milagros, la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y toda la economía salvífica de su Iglesia, sus dogmas y su moral, su culto, sus oraciones y sus sacramentos.

Muéstranos a Jesús, oh venturosa Estrella del Mar de esta vida, erizado de tantos escollos, batido por tantos vendavales y tormentas, para que arribemos al Puerto santo de nuestra verdadera Patria donde reinaremos con Él, gozando de inefable dicha entre los eternos resplandores de su gloria, cantando sus infinitas misericordias, proclamando que solo bajo vuestros auspicios hemos podido alcanzar tan gran recompensa.


✒ Tesoros de la Fé. La Salve Regina, quinta parte. Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos...  Revista Cruzada. Año III N°18 Buenos Aires, diciembre de 2005.

22.5.23

La Salve Regina, cuarta parte. A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva



En nuestra edición anterior transcribimos los comentarios referentes a la invocación: Vida dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. En este número hacemos lo propio con las tres siguientes.

Sin los profundos trastornos que en el mundo moral y la naturaleza entera se produjeron a consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, las virtudes que produce la dicha hubiesen florecido en el corazón humano, y una perpetua primavera hubiese reinado en la tierra convertida en mansión de alegría, de paz y de felicidad.

Pero consumada aquella funestísima desobediencia, del corazón del hombre nacido para amar se desbordarían con harta frecuencia las pasiones más insanas y funestas, antagonismos de razas, pueblos y nacionalidades, odios de partidos, luchas y rivalidades de clases, contiendas fraticidas entre hijos de un mismo hogar o de una misma Patria.

¿Quién podrá enumerar las inquietudes, sufrimientos y angustias que asaltan de continuo los caminos de nuestro triste vivir?

¿Quien tiene tan ordenada la felicidad presente que no viva descontento en su estado? Congojosa condición tienen los bienes mundanos que nunca vienen juntos ni perpetuamente duran.

Mas ¿por qué el sabio autor de la Salve para disponer favorablemente el corazón maternal de la Virgen a la gran súplica que va a presentarle, le dirige aquellas significativas y conmovedoras palabras?

A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva

Esas palabras encierran un soberano acierto, una fuerza persuasiva y un tan precioso cuanto elocuente alegato.

Recordemos que la Santísima Virgen, carne de nuestra carne, hueso de nuestros huesos, hija de Eva como nosotros, pasó por las tristezas, pruebas, dolores y amarguras más grandes que pueden experimentarse en este destierro.

A Ti que eres como nosotros, hija de aquella Eva que nos arrastró en su caída, labró nuestra desventura, sembró el mundo de abrojos y espinas, y nos dio por patrimonio el dolor y la muerte; a Ti que eres la segunda Eva suscitada por Dios para traernos al pie de un árbol bendito el divino remedio de los infinitos males que al pie de un árbol de maldiciones nos trajo la primera; a Ti que has pasado por las tristezas de este mismo destierro, experimentando todas sus privaciones, penalidades y amarguras; a Ti que eres nuestra vida, dulzura y esperanza.

A Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas

El autor de la Salve hace resaltar después la condición de nuestro destierro llamándole Valle de Lágrimas.

¿Quién podrá explicar las innumerables adversidades y sufrimientos que nos arrancan copiosas lágrimas, unas visibles que corren desde afuera hacia adentro y son todavía más amargas?

¿Quién podrá decir las infinitas dolencias que laceran el cuerpo, las penas que torturan el alma, las inquietudes que agitan el espíritu, los inesperados quebrantos de fortuna que se burlan de todas las previsiones y seguros, las pérdidas dolorosísimas de los seres más queridos, las epidemias, guerras y revoluciones que se alimentan de millones de víctimas, las calamidades públicas e individuales que van tejiendo la inmensa tela de la vida humana?.

Grande es el poder de las lágrimas, con las cuales hasta las propias rocas se ablandan.

Por eso el autor de la Salve trata de disponer favorablemente el corazón de la Reina y Madre de Misericordia, antes de presentar la gran petición que se propone hacerle, recordándole la infelicísima condición de nuestro destierro, entristecido de continuo por nuestros gemidos y regado por nuestras lágrimas:

Por eso le dice: A Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.

Ea pues Señora Abogada nuestra

Antes de dirigirle a la Santísima Virgen la súplica que esperábamos, el autor de la Salve por así decir retrocede e invoca a María con un nuevo título diciéndole: Ea pues Señora Abogada nuestra.

Suprema invocación que envuelve nada menos que las dos funciones más augustas que la Virgen desempeña en el cielo respecto a nosotros: las de Intercesora y Mediadora, contenidas en el título de Abogada.


(Trechos extraídos del libro del P. Dr. Manuel Vidal Rodríguez, La Salve Explicada, Tipografía de “El Eco Franciscano”, Santiago de Compostela, 1923).


✒ Tesoros de la Fé. Salve Regina, cuarta parte. A Ti clamamos los desterrados hijos de Eva. Revista Cruzada. Año III N°17 Buenos Aires, octubre de 2005.

15.5.23

La Salve Regina, tercera parte. Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve



La Virgen es nuestra vida, porque como dice San Alberto Magno, Ella ha sido después de Dios, con Dios y por Dios, la causa eficiente de nuestra regeneración, porque ha engendrado a nuestro Regenerador y porque por sus virtudes mereció este honor incomparable.

¿Cómo la Virgen es nuestra vida? Como no existiría la lluvia benéfica que fecunda la tierra, sin la nube que la condensa en su seno y la esparce suavemente; ni los sabrosos frutos que nos alimentan sin el árbol que los produce; ni las frescas aguas del arroyo que fertilizan la pradera y apagan la sed de los fatigados viajeros, sin el manantial donde toman su origen; así también, no hubiéramos sido regenerados en la vida sobrenatural de la gracia, por medio de la Redención primero, y de los Sacramentos después, si no existiera la Santísima Virgen o no hubiera dado su consentimiento al ángel, cuando al anunciarle éste el Misterio de la Encarnación, dándole a conocer el modo maravilloso como se verificaría, dijo: “Hágase en mí según tu palabra”.

Cierto que Dios hubiera podido elegir o predestinar a otra criatura para la Encarnación del Verbo, pero una vez elegida o predestinada la Virgen María, Ella es la nube fecundísima que nos llovió al Justo; la tierra privilegiada que germinó al Salvador; la fuente donde toma su origen, en el tiempo, el río caudaloso de la gracia; el árbol que produjo el fruto divino de la Redención, que es Cristo nuestro Señor, quien dijo de sí mismo que era la Vida: Ego sum Vita.

Dios, autor de la vida de todos los seres, se dignó engrandecer al hombre con la vida racional, perfeccionada con la divina gracia, que consistía en el conocimiento, en el amor y en la comunicación con Él mismo, como preparación para hacerle luego participante de su eterna gloria. Mas el hombre que había de recibir aquella dicha suprema a título de mérito, haciendo uso de la hermosa prerrogativa de su libertad, fue insensato y desagradecido, deso-bedeciendo el precepto del Supremo Hacedor, que de la nada le había engrandecido con la dignidad de Rey de todos los seres del mundo visible, con lo que destruyó la perfección de aquella vida en sus primeros albores.

En su desgracia experimentó, sin embargo, el efecto de la divina misericordia, la que no obtuvieron los ángeles rebeldes, sin duda por las circunstancias especiales que concurrieron en su prevaricación, cuyas fatales consecuencias no habían de transmitir a sus descendientes como aquellos, y pudo consolarse con la promesa de un Dios-Hombre, cuya acción divina haría resurgir aquella vida, uniendo al hombre con Dios, separado de El por el inmenso abismo del pecado.

La promesa se cumplió por Jesucristo, Dios-Hombre, realizando la unión de aquellos dos extremos en que consistía la verdadera vida. Pero como Jesucristo vino al mundo por María, ésta es, no la vida, pero sí el medio por el cual nos vino la vida, el medio por el cual nos pusimos en comunicación con Dios, que es la fuente de la vida.

Jesucristo nos resucitó a aquella vida sobrenatural de la gracia perdida por la prevaricación de nuestros primeros padres, recobrándola todos por medio de los Santos Sacramentos, que son como sus naturales conductos. Mas ¡ay!, ¡cuántas veces volvemos a perderla de nuevo, abusando de sus infinitas bondades! Necesitábamos, pues, un medio atrayente y eficaz que excitase en nosotros el arrepentimiento por tales ingratitudes, que nos condujese seguramente a Dios cuando nos extraviásemos, que nos ayudase a ser fieles a nuestros compromisos más trascendentales y sagrados, a conseguir el gran don de la perseverancia en aquella vida sobrenatural tan preciosa, cuya pérdida constituye la más horrible de nuestras desgracias.

La Virgen, en conclusión, es nuestra vida, por que como dice el sabio Alberto Magno, ella ha sido después de Dios, con Dios y por Dios, la causa eficiente de nuestra regeneración, porque ha engendrado a nuestro Regenerador y porque, por sus virtudes, mereció este honor incomparable; la causa material, porque el Espíritu Santo mediante su asentimiento ha tomado de su sangre purísima la carne con que formó el cuerpo inmolado por la redención del mundo; la causa final, porque la gran obra de la Redención ordenada principalmente a la gloria de Dios, debe ordenarse en segundo lugar al honor de la Virgen; la causa formal porque la luz de su vida deiforme nos muestra la senda para salir de las tinieblas, y la dirección para alcanzar la visión de luz eterna 1.


1. Albert. Mag. Opera Quaest. 146 t. XX. – Super misus est.

(Cfr. P. Manuel Vidal Rodríguez, La Salve Explicada, Tipografía de “El Eco Franciscano”, Santiago de Compostela, 1923)


✒ Tesoros de la Fé. Tercera parte de la Salve Regina Vida, dulzura y esperanza nuestra, Dios te salve. Revista Cruzada. Año III N°16 Buenos Aires, agosto de 2005.

Imagen: Abdón Castañeda, "Virgen con ángeles músicos" (ca. 1610-20). Museo de Bellas Artes, Valencia, España.


13.5.23

Páginas Marianas: Virgen de Fátima, aparición del 13 de mayo de 1917


 
Llevando a su rebaño fuera de Aljustrel en la mañana del 13 de mayo, la fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, los tres niños pasaron Fátima, donde se encontraban la parroquia y el cementerio, y procedieron más o menos un kilómetro hacia el norte a las pendientes de Cova. Aquí dejaron que sus ovejas pastorearan mientras ellos jugaban en la pradera que llevaba uno que otro árbol de roble. Después de haber tomado su almuerzo alrededor del mediodía decidieron rezar el rosario, aunque de una manera un poco truncada, diciendo sólo las primeras palabras de cada oración. Al instante, ellos fueron sobresaltados por lo que después describieron como un "rayo en medio de un cielo azul". Pensando que una tormenta se acercaba se debatían si debían tomar las ovejas e irse a casa. Preparándose para hacerlo fueron nuevamente sorprendidos por una luz extraña.
 
Comenzamos a ir cuesta abajo llevando a las ovejas hacia el camino. Cuando estabamos en la mitad de la cuesta, cerca de un árbol de roble (el gran árbol que hoy en día está rodeado de una reja de hierro), vimos otro rayo, y después de da unos cuantos pasos más vimos en un árbol de roble (uno más pequeño más abajo en la colina) a una señora vestida de blanco, que brillaba más fuerte que el sol, irradiando unos rallos de luz clara e intensa, como una copa de cristal llena de pura agua cuando el sol radiante pasa por ella. Nos detuvimos asombrados por la aparición. Estabamos tan cerca que quedamos en la luz que la rodeaba, o que ella irradiaba, casi a un metro y medio.
 
Por favor no teman, no les voy a hacer daño
Lucía respondió por parte de los tres, como lo hizo durante todas las apariciones
 
¿De dónde eres?
Yo vengo del cielo.
 
La Señora vestía con un manto puramente blanco, con un borde de oro que caía hasta sus pies. En sus manos llevaba las cuentas del rosario que parecían estrellas, con un crucifijo que era la gema más radiante de todas. Quieta, Lucía no tenía miedo. La presencia de la Señora le producía solo felicidad y un gozo confiado.
 
"¿Que quieres de mi?"
Quiero que regreses aquí los días trece de cada mes por los próximos seis meses a la misma hora. Lugo te diré quien soy, y qué es lo que más deseo. I volveré aquí una séptima vez.
 
" ¿Y yo iré al cielo?"
Sí, tu irás al cielo.
 
" ¿Y Jacinta?"
Ella también irá
 
"¿Y Francisco?"
El también, amor mío, pero primero debe decir muchos Rosarios
 
La Señora miró a Francisco con compasión por unos minutos, matizado con una pequeña tristeza. Lucía después se recordó de algunos amigos que habían fallecido.
 
"¿Y María Neves está en el cielo?
Si, ella esta en el cielo
 
"¿y Amelia?"
Ella está en el purgatorio.
 
Se ofrecerán a Dios y tomarán todos los sufrimientos que El les envíe?
¿En reparación por todos los pecados que Le ofenden y por la conversión de los pecadores?
"Oh Sí, lo haremos"
 
Tendrán que sufrir mucho, pero la gracia de Dios estará con ustedes y los fortalecerá.
 
Lucía relata que mientras la Señora pronunciaba estas palabras, abría sus manos, y
Fuimos bañados por una luz celestial que parecía venir directamente de sus manos. La realidad de esta luz penetró nuestros corazones y nuestras almas, y sabíamos que de alguna forma esta luz era Dios, y podíamos vernos abrazada por ella. Por un impulso interior de gracias caímos de rodillas, repitiendo en nuestros corazones: "Oh Santísima
Trinidad, te adoramos. Mi Dios, mi Dios, te amo en el Santísimo Sacramento"
Los niños permanecían de rodillas en el torrente de esta luz maravillosa, hasta que la Señora habló de nuevo, mencionando la guerra en Europa, de la que tenían poca ninguna noción.
 
Digan el Rosario todos los días, para traer la paz al mundo y el final de la guerra.
 
Después de esto ella se comenzó a elevar lentamente hacia el este, hasta que desapareció
en la inmensa distancia. La luz que la rodeaba parecía que se adentraba entre las estrellas, es por eso que a veces decíamos que vimos a los cielos abrirse.
 
Los días siguientes fueron llenos de entusiasmo, aunque ellos no pretendían que fueran así. Lucía había prevenido a los otros de mantener a su visita en secreto, sabiendo correctamente las dificultades que ellos experimentarían si los eventos se sabrían. Sin embargo la felicidad de Jacinta no pudo ser contenida, cuando prontamente se olvidó de su promesa y se lo reveló todo a su madre, quien la escuchó pacientemente pero le dio poca credibilidad a los hechos. Sus hermanos y hermanas se metían con sus preguntas y chistes. Entre los interrogadores solo su padre, "Ti" Marto estuvo inclinado a aceptar la historia como verdad. El creía en la honestidad de sus hijos, y tenía una simple apreciación de las obras de Dios, de manera que él se convirtió en el primer creyente de las apariciones de Fátima.
 
La madre de Lucía, por otro lado, cuando finalmente escuchó lo que había ocurrido, creyó que su propia hija era la instigadora de un fraude, si no una blasfemia. Lucía comprendió rápidamente lo que la Señora quería decir cuando dijo que ellos sufrirían mucho. María Rosa no pudo hacer que Lucía se retractara, aún bajo amenazas. Finalmente la llevó a la fuerza donde el párroco, el padre Ferreira, sin tener éxito. Por otro lado, el padre de Lucía, quien no era muy religioso, estaba prácticamente indiferente, atribuyendo todo a los caprichos de mujeres. Las próximas semanas, mientras los niños esperaban su próxima visita de la Señora en Junio, les revelaron que tenían pocos creyentes, y muchos en contra en Aljustrel y Fátima.
 

8.5.23

La Salve Regina, segunda parte



En la edición anterior de Cruzada, iniciamos la serie sobre la Salve Regina. A continuación, transcribimos comentarios de un reconocido autor respecto de las primeras salutaciones de esa sublime oración

Dios te salve Reina y Madre de misericordia – La palabra Salve, del mismo modo que su análoga Ave, es una forma de salutación enfática que expresa en general los sentimientos de respeto o de veneración, de gratitud, amistad o benevolencia. (...)

De un modo especial la palabra Salve expresa, ora un ferviente deseo de que Dios guarde o proteja a la persona a quien se saluda, ora el contento que su felicidad nos proporciona.

En el primero de estos sentidos no podía en manera alguna aplicársele a la Virgen, puesto que se halla en el cielo disfrutando la felicidad más extraordinaria que puede imaginarse; pero puedo dirigírsele com toda propiedad en el último sentido, como homenaje a sus excelsasvirtudes y prerrogativas, como felicitación por la inmensa dicha de que goza y sus incomparables grandezas.

En este sentido la saludó el Angel al anunciarle el sublime Misterio de la Encarnación del Verbo (...).

La Virgen es Reina por su dignidad incomparable de Madre de Jesucristo, Rey inmortal de las almas que conquistó en campo abierto, dando por ellas su preciosa vida; Rey inmortal de los siglos que se suceden rindiéndole pleitesía ante su Cruz y sus Altares, en todas las lenguas de la tierra, no solo en el orden religioso sino también en la ciencia, en el arte y en las letras, en las instituciones sociales, en las leyes y en las costumbres.

Teniendo Jesucristo el Principado absoluto y universal sobre todas las criaturas, (pues su Eterno Padre “le colocó a su diestra poniéndole sobre todo principado y potestad, y virtud, y dominación, y sobre todo nombre por celebrado que sea no solo en este siglo sino en el futuro, y todas las cosas debajo de sus pies”, como nos dice San Pablo) y habiendo sido asociada la Santísima Virgen a la empresa divina de la Redención y al triunfo de su Hijo, es natural que participe de sus prerrogativas como Madre del “Rey de la Gloria”.

* * *

Después del augusto nombre de Dios, no hay palabra que resuene tan gratamente en el corazón humano, como el dulce nombre de madre. Los suaves ecos de esta palabra incomparable conmueven de tal manera el alma, que no hay edad, condición, ni raza, ni estado de cultura, que permita al hombre sustraerse a su tierna y poderosa influencia. (...)

Pues bien, si todos los fieles formamos com Cristo un solo cuerpo místico, una sola persona moral, de la que Él es la cabeza y nosotros los miembros, y la Santísima Virgen es Madre de Cristo no solo en cuanto Dios Hombre, sino en cuanto Salvador, como así le anunció el Ángel y ella le dió su correspondiente asentimiento, se desprende que es Madre de todos aquellos que formamos parte integral de aquel cuerpo cuya cabeza es Cristo. (...)

* * *

Reina de Misericordia ¿por qué?

Porque la clemencia es una virtud especialísima de los Reyes, de tal suerte que cuando se consagraban se les ungía la cabeza con aceite de oliva, símbolo de la piedad y de la misericordia, para darles a entender los sentimientos que debían palpitar ante todo en sus reales pechos - como observa San Alfonso de Ligorio.

Porque consistiendo el reinado de Dios en la justicia y en la misericordia, parece haberse reservado para Él la justicia, confiando a la Reina del cielo la jurisdicción de la misericordia - como sienten Juan Gersón, gran Canciller de la Sorbona, Santo Tomás de Aquino y el Doctor Seráfico San Buenaventura.

Porque la Virgen fue predestinada para Madre del Creador para que salvase por su compasión a los que no podía salvar la justicia de su Hijo; y es tanto más poderosa cuanto es más misericordiosa –al decir de San Juan Crisóstomo y de San Pedro Damiano.


(Cfr. P. Manuel Vidal Rodríguez, La Salve Explicada, Tipografía de “El Eco Franciscano”, Santiago de Compostela, 1923)


✒ Tesoros de la Fé. Segunda parte de  la Salve Regina. Revista Cruzada. Año III N°15 Buenos Aires, junio de 2005.


1.5.23

La Salve Regina, primera parte

 


Atendiendo pedidos de nuestros lectores, iniciamos la publicación de una serie de comentarios de un reconocido autor sobre la sublime oración Salve Regina (1)

Después del Padre Nuestro y del Ave María, no hay oración tan profunda, hermosa y simple como la Salve Regina, que desde los primeros momentos de su aparición, a fines del siglo X, fue recibida por la Iglesia y adoptada por la Cristiandad, y se reza todos los días en todos los hogares y templos, desde los más suntuosos a los más humildes.

Nada hay de extraño que así sea, pues esta preciosa oración reúne las condiciones de toda oración para ser perfecta, según la doctrina del Ángel de las Escuelas (Santo Tomás de Aquino): levantar el alma a Dios para pedir una gracia que esté ordenada ala vida eterna (cfr. Suma Teológica, Iia Iiae, q. 83, a. 17).

Por medio de ella, siempre que nos sentimos angustiados por las pruebas y amarguras de la vida, recurrimos al trono celestial de la Virgen, tesoro inagotable de protección y de consuelo, a quien saludamos primero como Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra, lo cual resume todos los motivos que tenemos para acudir a Ella con filial e ilimitada confianza; exponiéndole después nuestra triste condición de desterrados en este valle de lágrimas, a través del cual caminamos dolorosamente, como Ella caminó un día; pidiéndole, por último, que nos proteja con la dulcísima mirada de sus ojos misericordiosos, y en el final de nuestra peregrinación nos muestre a Jesús, que es la resurrección y la vida eterna. [...]

Tantas son las bellezas de esta oración, tan profundos sus pensamientos, tan felices sus expresiones, que los historiadores de la Edad Media, más artistas que críticos, tales como Juan Eremita y Alberico de Trois Fontaines (a quienes más tarde seguiría el gran canonista Alpizcueta y la Venerable María de Agreda) creían que su origen era angélico. [...]
Varias naciones reivindicaron su paternidad, presentando a sus hijos más insignes como autores de la gran oración mariana.

Sin embargo, revisados por la crítica los títulos presentados, fueron descartándose muchos de ellos. En el presente momento no hay sino tres escritores que pueden aspirar a la honra de haber compuesto la Salve Regina: el alemán Hermann Contractus, el francés Aymar de Puy y el español San Pedro de Mezonzo. (2)

Madre tierna y poderosa Princesa

La Santísima Virgen defiende y protege a sus hijos contra sus enemigos. María, Madre tierna, los oculta bajo las alas de su protección como una gallina a sus polluelos. Ella les habla, se abaja hasta ellos, condesciende con todas sus debilidades, para librarlos del gavilán y del buitre; se coloca a su alrededor y los acompaña como un escuadrón formado en batalla. El que está rodeado de un escuadrón, de cinco mil hombres ¿temerá acaso a sus enemigos? Pues un fiel servidor de María, rodeado de su protección y de su poder imperial, tiene menos aún por qué temer. Esta bondadosa Madre y poderosa Princesa de los cielos enviaría batallones de millones de ángeles para socorrer a uno de sus servidores, antes que se pudiera jamás decir que un fiel servidor suyo, que en Ella había confiado, sucumbiera ante la malicia, el número y la fuerza de sus enemigos. (San Luis Ma. Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a María Santísima, BAC, Madrid, 1954, it. 210)

Texto de la Salve Regina
Salve Regina, Mater misericórdiæ, vita, dulcédo et spes nostra, salve. Ad te clamámus, éxsules, filii Hevæ. Ad te suspirámus, geméntes et flentes in hac lacrimárum valle. Eia ergo, advocáta nostra, illos tuos misericórdes óculos ad nos convérte. Et Jesum, benedictum fructum ventris tuis, nobis, post hoc exsilium osténde. O clemens! O pia! O dulcis Virgo Maria!

Ora pro nobis, Sancta Dei Génitrix.

Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

Dios te salve, Reina y Madre, de misericordia, vida dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos. Y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!

Ruega por nosotros Santa Madre de Dios

Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Notas
1. Pe. Dr. Javier Vales Failde, La Salve Explicada, Prólogo,Tipografía de "El Eco Franciscano", Santiago de Compostela, 1923.
2. Nota de la redacción: Según una tradición surgida en el siglo XVI, San Bernardo, movido por inspiración divina, habría agregado las tres invocaciones finales: “O clemente, o piadosa, o dulce Virgen María!”. Pero hay contra eso el silencio de los contemporáneos del santo, y el hecho de que el argumento de la oración y su conclusión sugieren un mismo autor. (Cfr. H. T. Henry, Salve Regina, The Catholic Encyclopedia, Volume XIII, Copyright © 1912 by Robert Appleton Company, Online Edition Copyright © 2003 by K. Knight)


✒ Tesoros de la Fé. Primera parte de la Salve Regina. Revista Cruzada. Año III N°14 Buenos Aires, abril de 2005.