He aquí todo lo que desea obtener de María el muy piadoso, santo, poeta y alma verdaderamente enardecida en el amor de la Virgen que compuso la Salve: Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos.
Ojos de Madre
Los ojos se toman como la expresión más elocuente de la inteligencia y del amor. El ojo es el símbolo de la Divina Providencia, que todo lo ve. El Divino Maestro enseña que los ojos son la antorcha del cuerpo y una sola mirada de los suyos dirigida a Pedro la noche de su prisión, bastó para convertir los del perjuro en fuentes de lágrimas por su pecado.
Al decir esos tus ojos, el autor de la Salve comunica a dicho pensamiento una energía o fuerza especial de intención y significado. Recordemos que la Virgen es nuestra Madre y comenzaremos a ver la profundidad y la elocuencia de esta enfática locución, porque ¿quien desconoce la dulzura que comunica la fortaleza y la confianza que inspira la mirada de una madre? ¿Quién no ha experimentado todo el amor, toda la bondad, toda la ternura que atesora? En esto, sin duda, pensaba aquel ferviente devoto de la Virgen cuando le pedía, como primer término de su gran súplica, una mirada de sus ojos, ¡de sus ojos de Madre!
¿Y que diremos de la extraordinaria penetración de la mirada de una madre? No hay encubierta tristeza, ni disimulada preocupación, ni deseo insignificante, ni leve malestar, ni pequeño dolor, que ella no descubra rápidamente. Un célebre orador ha dicho que “ningún microscopio ve lo infinitamente pequeño, como ve una madre las menores necesidades en el alma y en el cuerpo de su hijo”.
Felices aquellos a quienes Ella mira con misericordia
No hay para nosotros, los desdichados hijos de Eva, que gemimos y lloramos en este valle de lágrimas, otros ojos como los de la Virgen Madre de Jesucristo, tan bellos, dulces, delicados y compasivos, pues tienen el maravilloso privilegio de curar o aliviar nuestros dolores con solo mirarlos.
Felices aquellos a quienes Ella mira con sus preciosos ojos, pues la dulce claridad de su mirada ilumina el espíritu creyente con suaves resplandores, preserva el corazón de las pasiones insanas y conforta el espíritu abatido y entristecido por los sufrimientos de la vida, elevándolo a alturas donde no se respira el ambiente de las miserias humanas.
Muéstranos a Jesús...
El autor de la Salve tiende después las alas de la Fe y se remonta a las alturas celestiales, donde se encuentra la suprema felicidad para la que hemos sido creados y por la cual suspira nuestro corazón
Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. He aquí la gracia principal que se pide en esta plegaria, gracia que ni la Virgen puede obtenernos otra más preciosa, ni nosotros pedirle otra más grande, elevada, santa y extraordinaria.
Ver y poseer a Jesucristo, nuestro adorable Redentor, al término de nuestra peregrinación por este valle de lágrimas, es la verdadera dicha para la cual hemos sido creados y redimidos, y a cuya consecución deben dirigirse todos nuestros esfuerzos y anhelos, firmemente persuadidos que si la logramos todo lo habremos ganado, y si por desdicha no la conseguimos, todo lo habremos perdido, aunque hubiésemos disfrutado todas las prosperidades en esta vida efímera.
Esta es la vida eterna, último fin del hombre, a la cual fue enteramente dirigido y ordenado el plan divino de la Redención, de la vida, la doctrina y los milagros, la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, y toda la economía salvífica de su Iglesia, sus dogmas y su moral, su culto, sus oraciones y sus sacramentos.
Muéstranos a Jesús, oh venturosa Estrella del Mar de esta vida, erizado de tantos escollos, batido por tantos vendavales y tormentas, para que arribemos al Puerto santo de nuestra verdadera Patria donde reinaremos con Él, gozando de inefable dicha entre los eternos resplandores de su gloria, cantando sus infinitas misericordias, proclamando que solo bajo vuestros auspicios hemos podido alcanzar tan gran recompensa.
✒ Tesoros de la Fé. La Salve Regina, quinta parte. Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos... Revista Cruzada. Año III N°18 Buenos Aires, diciembre de 2005.
